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una interpretación sobre las tareas virtuales

Autonomía para hacer deberes

una interpretación sobre las tareas virtuales

Esta es una reflexión a raíz de la situación provocada por la pandemia del Covid-19 en relación a las tareas escolares virtuales para los niños. Muchos adultos hemos hablado en su nombre: si tienen o no que hacer deberes, si pueden o no que salir a la calle, etc. Incluso muchas voces han llegado a un tono casi de defensa legal de los derechos infantiles, acusando (no se sabe bien a quién) de obligaciones excesivas (en las tareas) o de privación del movimiento (en el confinamiento). No voy a arrogarme la defensa de los derechos del niño, sólo quiero hablar en nombre de mi formación como psicóloga que ha trabajado interpretando la conducta infantil, y no solo observándola como si fuera transparente. Como todas las interpretaciones, la mía también es desde una óptica y, como decía Emmanuel Levinas, está cargada de ética, o “una ética que es una óptica”. 

 Desde esa mirada pienso que los responsables de las tareas escolares virtuales no han ajustado bien sus lentes, en varios sentidos. En primer lugar, no han verificado si todos los alumnos tenían recursos tecnológicos, y se han encontrado con que muchos carecen de ellos (lo que se ha dado en llamar “brecha digital). En segundo lugar, no han pensado si tenían recursos cognitivos y no les será fácil comprobarlo con las evaluaciones. 

Respecto a los recursos cognitivos las tareas que suelen enviarse a los alumnos son, entre otras, buscar información en Internet, leer y comprender textos, hacer resúmenes, hacer informes, resolver problemas, etc. es decir, tareas difíciles de realizar de forma individual para gran aparte de la población escolar. Se trata de tareas que llamamos con exigencias “metacognitivas” es decir, que requiere conocimiento y regulación de las propias actividades cognitivas. Este tipo de exigencias tendrían que ir acompañadas de orientaciones sobre cómo buscar información, cuál es la gradación en su importancia, cómo combinar la información externa con la recuperada de la memoria, cómo de significativa es esa información, cómo se responde a las preguntas sobre ella, cómo planear, supervisar, controlar las actividades de aprendizaje, por qué se ha respondido de cierta manera, cómo se han dado cuenta de una inferencia, por qué es importante hacer resúmenes, cómo buscar las palabras claves, cómo apoyarse en la información para resolver un problema, etc. es decir, todas actividades que requieren atención, interacción, reflexión. 

Entre la población escolar habrá niños y niñas que podrán hacer estas actividades de forma bastante autónoma, habrá otros que necesitarán ayuda materna o paterna (entre ellos, habrá algunos que la tendrán de forma eficiente) y habrá un grupo de alumnos que no dispondrá ni de recursos propios ni de recursos familiares.

Los dos temas que hemos planteado, de recursos digitales y cognitivos, han mostrado desigualdad en las condiciones sociales y culturales de las familias. La cuestión será, entonces, ¿qué se evaluará al final de curso? Si bien la pandemia ha igualado a la población en su afectación, no así en sus consecuencias al mostrar esas desigualdades en las tareas escolares. Por eso, aunque sin la intención consciente de hacerlo, las instituciones escolares habrán trasladado esas tareas a las familias y, al menos en un alto porcentaje, estarán evaluando sus condiciones sociales y culturales y no las competencias resultantes de capacidades y aprendizajes de los alumnos.

Ana Teberosky


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